Monumento a la Masonería Universal

En la segunda rotonda de la Avenida Reyes Católicos, el sábado 19 de diciembre de 2015, las Logias del Valle de Salta,

Nombres que enorgullecen a la Masonería Argentina

La Masonería Argentina tiene el orgullo de haber contado en sus filas a hombres que participaron en la construcción de una Nación progresista,

Contribuyendo al Arte de la Ciudad

En adhesión al Bicentenario de la Batalla de Salta, el 20 de febrero de 2.013 la Augusta y Respetable Logia “General Belgrano”...

Simbología en la Arquitectura Sacra

La Masonería se organiza y estructura sobre el gremio de los iniciados en el Arte Real de la Construcción...

Tiempo de Cuaresma

La Orden masónica impulsa el uso de la razón para buscar la Verdad y la Belleza...

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domingo, 5 de marzo de 2017

Alejamiento de Don Domingo Faustino Sarmiento de La Orden Masónica Argentina

Una de las figuras más discutidas de nuestra Historia patria es, indudablemente, el “Cuyano Alborotador”, tal como lo apostrofó el historiador J.I García Hamilton.
A diferencia de Don José de San Martín y Don Manuel Belgrano, Don Domingo Faustino Sarmiento sí se involucró en las luchas intestinas en los albores de nuestra Nación, erigiéndose en el “portavoz” del bando unitario u oligarquía porteña. Sobrados y fundados argumentos en favor y en contra de tan apasionado personaje tornan imposible mantenerse indiferentes ante su persona, acción y palabras. Pero como suele decir nuestro actual Gran Maestre, Dr. Nicolás Breglia, la Nación argentina no se explica sin su sistema de educación pública, y ésta tampoco sin la figura de Sarmiento.
El Gran Maestro de América honró los cuadros de la Masonería Argentina, llegando a presidirla durante el período 1882/1885 (renunció en 1883).
La terquedad o porfía del Sanjuanino no disminuía empero su capacidad intelectual. Poco antes de asumir la Primera Magistratura de la República, función desde la cual desarrollaría una de las gestiones más progresistas que registra nuestra Historia, convencido de que debía entregarse sin reservas a la delicada labor que se le encomendaba, decide alejarse de la Orden Masónica.
El 29 de septiembre de 1868 la Masonería argentina lo agasaja con un banquete, en ocasión de su elección como Presidente de la Nación. Fue esa la oportunidad para anunciar su alejamiento –temporario-, de la Institución, a efectos de no ofrecer dudas respecto a su compromiso con la Patria. Estimamos digno de recordar aquel discurso fraterno:

 “Al manifestar mi profunda gratitud por el sentimiento que nos reúne aquí hoy día, para darme pública muestra de simpatías, me creo en el deber de expresar francamente mi respeto, mi adhesión a los vínculos que nos reúnen a todos en nuestra sociedad de hermanos.
Llamado por el voto de los pueblos a desempeñar la primera magistratura de una República, que es por mayoría de culto católico, necesito tranquilizar a los timoratos que ven en nuestra institución una amenaza a las creencias religiosas.
Si la masonería ha sido instituida para destruir el culto católico, desde ahora declaro que yo no soy masón.
Declaro, además, que habiendo sido elevado a los más altos grados conjuntamente con mis hermanos los generales Mitre y Urquiza, por el voto unánime del Consejo de Venerables Hermanos, si tales designios se ocultan, aun a los más altos grados de la masonería, esta es la ocasión de manifestar que, o hemos sido engañados miserablemente, o no existen tales designios, ni tales propósitos. Y yo afirmo solemnemente, que no existen, porque no han podido existir, porque los desmiente la composición misma de esta grande y universal confraternidad.
Hay millones de masones protestantes y si el designio de la institución fuera atacar las creencias religiosas, esos millones de protestantes estarían conspirando contra el protestantismo y a favor por tanto, del catolicismo, de cuya comunidad están separados.
No debo disimular que S.S. el Sumo Pontífice se ha pronunciado en contra de estas sociedades. Con el debido respeto a las opiniones del Jefe de la Iglesia, debo hacer ciertas salvedades que tranquilizarán los espíritus.
Hay muchos puntos que no son de dogma, en que sin dejar de ser apostólicos romanos, los pueblos y los gobiernos cristianos pueden diferir de opiniones con la Santa Sede. Citaré algunos.
En el famoso Syllabus, S.S. declaró que no reconocía como doctrina sana ni principio legítimo, la soberanía popular.
Bien. Si hemos de aceptar esta doctrina papal, nosotros pertenecemos de derecho a la Corona de España.
Pero tranquilizaos. Podemos ser cristianos y muy católicos, teniendo por base de nuestro gobierno la soberanía popular.
El Syllabus se declara abiertamente contra la libertad de conciencia y la libertad del pensamiento humano.
Pero el que redactó el Syllabus se guardaría muy bien de excomulgar de la comunidad católica a las naciones cuyas instituciones están fundadas sobre la libertad del pensamiento humano, por miedo de quedarse solo en el mundo con el Syllabus en la mano.
Por lo que a nosotros respecta, tenemos por fortuna el Patronato de las iglesias de América que hace al Jefe de Estado tutor, curador y defensor de los cristianos que están bajo el imperio de nuestras leyes, contra toda imposición que no esté de acuerdo con nuestras instituciones fundamentales.
El presidente de la República debe ser, por la Constitución, católico, apostólico, romano, como el rey de Inglaterra debe ser protestante, católico, anglicano. Este requisito impone a ambos gobiernos sostener el culto respectivo y proceder lealmente para favorecerlo en todos sus legítimos objetos.
Este será mi deber, y lo llenaré cumplidamente.
Un hombre público no lleva al gobierno sus propias y privadas convicciones para hacerlas ley y regla del Estado. Monsieur Guizot, ministro de un rey católico, era protestante, adicto como el que más a su propia creencia, pero fiel expresión de las leyes de una nación católica.
Mas este deber no va hasta desfavorecer, contrariar, perseguir otras convicciones.
La libertad de conciencia es no sólo declarada piedra angular de nuestra Constitución, sino que es una de las más grandes conquistas de la especie humana. Digo más, la grande conquista por excelencia, pues de ella emana la emancipación del pensamiento que ha sometido las leyes de la creación al dominio del hombre.
Hay más todavía. El gobierno civil se ha instituido para asegurar el libre desarrollo de las facultades humanas, para dar tiempo a que la razón pública se desenvuelva y corrija sus errores a fin de que la utopía de hoy, sea la realidad de mañana. Si por tanto, hay una minoría de la población, y digo más, un solo hombre, que difiera honradamente y sinceramente del sentimiento de la mayoría, el derecho lo protege, con tal que no pretenda violar las leyes, sino modificarlas, modificando la opinión de los encargados constitucionalmente de hacerlas, pues para ese fin, para la protección de su pensamiento se ha construido el edificio de la Constitución; porque para él son las garantías establecidas por esa Constitución.
La reina Isabel de España prestando oído al visionario Colón, contra el sabio parecer de la humanidad entera de entonces, mostró por accidente, lo que la libertad del pensamiento ha repetido mil veces después, sin necesidad de mendigar el favor de una reina. El siglo presente, merced a la libertad del pensamiento, es un Colón colosal, múltiple, eterno, inmortal.
El vapor, el cable submarino, el gobierno republicano transformando el mundo en horas, porque años es ya mucho, son la obra de Colones que no llaman la atención, porque son ya vulgares, plebeyos, el pan de cada día de nuestro siglo.
Ya que he nombrado el cable, que es la más maravillosa aplicación de la electricidad, para poner en contacto a todas las naciones de la tierra, ¿qué decir de esa otra electricidad moral que liga a la parte más selecta de la humanidad, la masonería? Yo no he necesitado más en mis largos viajes que apretar la mano a un desconocido, sea príncipe, pastor, obrero, soldado; y si su corazón responde al contacto eléctrico, en el acto he visto iluminarse su semblante, y transformarse en amigo el extranjero.
¿Habrá de decirse, como algunos piensan, que esta asociación fue útil en la Edad Media, para defenderse contra las tiranías y superflua hoy, que la libertad garante todas las aspiraciones legítimas? Pero aún quedan dividiendo a los hombres, la tiranía de las lenguas diversas que les impiden comunicarse, la tiranía de las creencias diversas que los extrañan entre sí; la tiranía de las nacionalidades que los agrupan en campos hostiles; la tiranía de las opiniones y de los partidos que los hacen pueblos distintos en un mismo pueblo; y mientras tanto, en Inglaterra o en Entre Ríos, a un protestante, o a un cuákero, al francés o al italiano, al unitario o al federal, no se necesita más que aventurar un apretón de manos, para hacerse comprender simpáticamente, si no habla nuestra lengua; hacerse tolerar, si no creemos todo lo que él cree; hacer al menos que no nos ahorque, si no somos del mismo partido. ¿Es mala una institución semejante?
Y veamos sus efectos en nuestra vida íntima.
¿Era falso el dinero que los masones mandaron a Mendoza, en auxilio de los que escaparon del temblor? Son ineficaces sus esfuerzos, sus caridades, para remediar cuanta dolencia, cuanta miseria aflige a los desvalidos? ¿No merecen ni gratitud, ni estimación estos socorros? Y sin embargo, el Evangelio ha establecido expresamente lo contrario en la sublime parábola del Samaritano. El Samaritano, si no era el protestante del judaísmo, convendrán nuestros detractores, porque nosotros no lo aceptamos nunca, que los masones son los Samaritanos del Evangelio, de quien por su caridad era, según la palabra de Jesús, el prójimo la humanidad.
Estos son los beneficios exteriores de la masonería.
Los que ha producido moderando las pasiones, atenuando los odios civiles y religiosos, son inmensos.
Ella ha enseñado a ejercer la caridad que esta prescripta por el Divino Maestro, pero limitada a función sacerdotal. La masonería en esto realizaba el espíritu y el fundamento del cristianismo: “Amad al prójimo, como a ti mismo”.
Los masones profesan el amor al prójimo, sin distinción de nacionalidad, de creencias y de gobierno, y practican lo que profesan en toda ocasión y lugar.
Hechas estas manifestaciones, para que no se crea que disimulo mis creencias, tengo el deber de anunciar a mis hermanos, que de hoy en adelante, me considero desligado de toda práctica o sujeción a estas sociedades.
Llamado a desempeñar altas funciones públicas, ningún motivo personal ha de desviarme del cumplimiento de los deberes que me son impuestos; simple ciudadano, volveré un día a ayudaros en vuestras filantrópicas tareas, esperando desde ahora que por los beneficios hechos, habréis continuado conquistando la estimación pública; y por vuestra abstención de tomar como corporación parte de las cuestiones políticas o religiosas que concurrieren, logréis disipar las preocupaciones de los que por no conocer vuestros estatutos, no os consideran como el más firme apoyo de los buenos gobiernos, el más saludable ejemplo de la práctica de las virtudes cristianas, y los más caritativos amigos del que sufre.”.

Volvió Sarmiento a la Hermandad al cabo de su presidencia, para ser distinguido con el mas alto cargo de la Orden en Argentina, fue designado Gran Maestre. Nos hemos tomado la libertad de subrayar algunos párrafos que estimamos de actualidad; pero no podemos asumir el atrevimiento de observar o hacer mayores aportes a sus ilustradas palabras.
Como hemos reconocido al inicio, es una figura controversial, pero, también, fundamental en la Historia de nuestra querida Nación. Podemos señalar contradicciones en su vida y acción, podemos acusarlo de muchos errores y/o defectos, pero fue un hombre apasionado, a quien debemos entender en su pensamiento, carácter y contexto.

Rindiéndole el debido homenaje: “Gloria y Honor, honra sin par, para el grande entre los grandes…Sarmiento inmortal”.

lunes, 13 de febrero de 2017

Domingo Faustino SARMIENTO

Domingo Faustino SARMIENTO (San Juan, Provincias Unidas del Río de la Plata, 15 de febrero de 1811- Asunción, Paraguay, 11 de septiembre de 1888) Uno de los grandes prosistas castellanos, es destacado tanto por su labor en la educación pública como en su contribución al progreso científico y cultural de su país.
Nació en una casa del barrio Carrascal, uno de los más humildes de la ciudad de San Juan. Los primeros maestros de Domingo fueron su padre José Clemente Cecilio Quiroga Sarmiento y su tío paterno José Manuel, quienes comenzaron a enseñarle lectura a los cuatro años. En 1816 ingresó a una de las llamadas “Escuelas de la Patria”, fundadas por los gobiernos de la Revolución, donde tuvo como educadores a los hermanos Ignacio y José Rodríguez, maestros profesionales. Finalizados estos estudios en 1821 su madre sugirió que cursara el seminario en Córdoba, pero Sarmiento se negó, tramitando una beca para ingresar al Colegio de Ciencias Morales en Buenos Aires, la que no le fue concedida. Las becas se daban por sorteo o por contactos. Sarmiento no fue sorteado y al no contar con dinero suficiente ni con familiares ni amigos influyentes no pudo continuar con sus estudios y debió quedarse en San Juan. A partir de entonces fue un autodidacta. Un amigo ingeniero lo ayudó con las matemáticas, su tío José de Oro lo ayudó con el Latín y Teología. El francés lo estudió solo, en sus ratos libres.
En 1827 Domingo Faustino Sarmiento fue reclutado por el ejército federal. Según sus relatos, Sarmiento, como alférez de milicia debía realizar tareas que lo incomodaban. Presentó un reclamo y fue citado por el gobernador Manuel Quiroga. Durante la reunión Sarmiento pidió ser tratado con equidad, pero esto fue tomado como un desacato y fue enviado a prisión. Debido a este, y a otros enfrentamientos personales con integrantes del Partido Federal, decidió abrazar la causa unitaria y se incorporó al ejército comandado por José María Paz. Debido a la victoria federal en su provincia, en 1831 se vio obligado a emigrar hacia Chile, donde realizó distintas actividades para subsistir. Durante este tiempo trabajaba como profesor en una escuela de la provincia de Los Andes, En 1836, mientras se desempeñaba como minero, contrajo fiebre tifoidea y, a pedido de su familia, el entonces gobernador de San Juan, Nazario Benavídez, le permitió volver a la Argentina.
Integró la Sociedad Dramática Filarmónica, y en 1838 fundó la Sociedad Literaria, filial de la Asociación de Mayo. Participando actividades artísticas tomó contacto con la Generación de 1837 y retomó la actividad política. La sede del grupo artístico del que formaba parte fue utilizada como centro de reunión de quienes se oponían a Juan Manuel de Rosas, por entonces gobernador de Buenos Aires y encargado de las Relaciones Exteriores de Argentina. En 1839 fundó el Colegio de Pensionistas de Santa Rosa, un instituto secundario para señoritas, y crea el periódico El Zonda, desde el cual dirigió duras críticas al gobierno. Debido a sus constantes ataques al gobierno federal, el 18 de noviembre de 1840 fue apresado y nuevamente obligado a exiliarse hacia Chile.
En el país trasandino escribió para los periódicos El Mercurio, El Heraldo Nacional y El Nacional; y fundó El Progreso. En 1842 fue designado por el entonces Ministro de Instrucción Pública, Manuel Montt Torres, para dirigir la Escuela Normal de Preceptores, la primera institución latinoamericana especializada en preparar maestros. También impulsó el romanticismo, llegando a polemizar con Andrés Bello. Su labor como pedagogo fue reconocida por la Universidad de Chile, que lo nombró miembro fundador de la Facultad de Filosofía y Humanidades; y en 1845 el presidente Manuel Montt Torres le encomendó la tarea de estudiar los sistemas educativos de Europa y Estados Unidos. Durante su paso por Francia visitó a Don José de San Martín que vivía exiliado por propia voluntad en su residencia de Grand Bourg.
En 1851 regresó a la Argentina, donde se unió como gacetillero al Ejército Grande del general Justo José de Urquiza. Luego de la caída de Juan Manuel de Rosas se instaló en Buenos Aires, pero entró en conflicto con Urquiza, y se vio obligado a volver a Chile. Durante este periodo entabló discusiones con Juan Bautista Alberdi acerca de la política del país. La polémica ideológica se limitaba al liberalismo, pensamiento al que ambos adscribían. Los dos pensadores eran partidarios del constitucionalismo, del contractualismo, de la democracia, de la república, de la inmigración, de la educación y del progreso. Sus enfrentamientos fueron políticos más que ideológicos. El sanjuanino expuso sus opiniones en las Ciento y una mientras que el tucumano las expresó en las Cartas quillotanas.
Regresó a la Argentina en 1855 y fue redactor del diario El Nacional y actuó como miembro consultivo de la provincia de Buenos Aires. Al año siguiente fue elegido concejal municipal de la ciudad de Buenos Aires. En 1857 y 1860 fue elegido senador y mientras tanto se desempeñó como Jefe del Departamento de Escuelas. En 1860 fue miembro de la Convención Constituyente y al asumir Bartolomé Mitre la gobernación de Buenos Aires lo nombró Ministro de Gobierno. Luego de la batalla de Pavón acompañó al general Wenceslao Paunero en la campaña a Cuyo. Allí fue designado gobernador de San Juan (1862) y apoyó la persecución de los federales locales, en dos campañas que terminaron con el asesinato del caudillo riojano Chacho Peñaloza. En abril de ese año renunció a la gobernación y el gobierno lo envió en misión diplomática a Chile, Perú y Estados Unidos, donde escribió varios libros sobre política y educación. Desde el exterior rechazó los cargos de Senador Nacional por San Juan y de Ministro del Interior del presidente Mitre.
Mientras se encontraba en los Estados Unidos, fue electo para el cargo de Presidente de la Nación Argentina en las elecciones nacionales de agosto de 1868, asumiendo el cargo el 12 de octubre de 1868. La presidencia de Sarmiento fue la segunda de las presidencias históricas de Argentina. Estas presidencias históricas o fundacionales del estado argentino moderno tuvieron tres claros objetivos o metas: “nación, constitución y libertad”. La nación entendida como la unión definitiva de las provincias argentinas como entidad superior a las partes que la componen. La Constitución como las bases de los derechos de las personas y del poder. La libertad concebida como principio del liberalismo que dio paso a la “civilización” y relegó a la “barbarie”.
Durante su mandato se fundaron unas 800 escuelas de primeras letras, alcanzando a un total de 1816 escuelas, de las cuales el 27 % eran privadas; la población escolar se elevó de 30 000 a 110 000 alumnos. A fin de garantizar la educación primaria, trajo desde los Estados Unidos 61 maestras primarias; creó las primeras escuelas normales, tomando como ejemplo la Escuela Normal de Paraná, fundada en 1870. Subvencionó la primera escuela para sordomudos, que era privada. Fundó los Colegios Nacionales de La Rioja, Santa Fe, San Luis, Jujuy, Santiago del Estero, Corrientes y Rosario; y las escuelas de arboricultura y agronomía en San Juan, en Mendoza, y más tarde en San Miguel de Tucumán y Salta. Propició la creación y el desarrollo de la Comisión Nacional de Bibliotecas Populares. En la capital fundó la Biblioteca Nacional de Maestros. En la Universidad Nacional de Córdoba se creó la Facultad de Ciencias Exactas, Física y Naturales, que dictaba la carrera de ingeniería. Por su iniciativa se crearon en la región cuyana las cátedras de mineralogía en los Colegios nacionales de Catamarca y de San Juan, que se convertirían en 1876 en la Escuela de Ingenieros de San Juan.
Dispuso el primer censo nacional, que se realizó en el año 1869; el mismo arrojó el resultado de 1 836 490 habitantes para el país. El 8 % del total eran inmigrantes europeos, el 70 % era población rural, y el 71 % del total era analfabeta. Durante su mandato tuvo un aumento importante la inmigración, con la llegada de 280 000 inmigrantes, que se asentaron principalmente en la ciudad de Buenos Aires y, en menor medida, en colonias agrícolas en las provincias del Litoral. El rápido aumento de la población en la capital generó problemas de vivienda e higiene a gran escala: en 1871, una epidemia de fiebre amarilla -probablemente a consecuencia de la guerra-, causó la muerte en Buenos Aires de alrededor de 14.000 personas. El gobierno nacional en pleno huyó de la ciudad, por lo que la lucha contra la peste debió ser llevada adelante por una comisión; esta dispuso la creación del Cementerio de la Chacarita, y en los años siguientes se crearon las primeras redes de aguas corrientes y de cloacas de la ciudad.
Sarmiento tuvo en materia de transportes y como uno de sus principales objetivos, la construcción de un ferrocarril trasandino, que uniera el océano Atlántico con el Pacífico. Para ello se favoreció la construcción del ramal desde Villa María hasta Río Cuarto; también se construyó el ramal desde Córdoba hasta Tucumán, y dos cortos ramales entre Concordia (Entre Ríos) y Mercedes (Corrientes), y entre Buenos Aires y Campana. La red ferroviaria pasó de 573 kilómetros en 1868 a 1331 en 1874. Durante su mandato se tendieron unos 5000 km de líneas telegráficas, El 5 de agosto de 1874, en las postrimerías de su período presidencial, inauguraba la primera comunicación telegráfica con Europa. Se construyeron algunos puertos, como los de Zárate y San Pedro (Buenos Aires). En 1873 se creó el Banco Nacional.
Ya anciano, con su salud deteriorada por la sordera y una insuficiencia cardiovascular y bronquial, los médicos le aconsejaron alejarse de Buenos Aires para evitar el frío invierno de esa ciudad. A comienzos de 1888 se embarcó con su hija Faustina y sus nietos para Asunción. El 11 de septiembre de aquel año Sarmiento falleció en la capital paraguaya, a los 77 años de edad. Sus restos fueron inhumados en el Cementerio de la Recoleta en Buenos Aires diez días después. Ante su tumba, Carlos Pellegrini sintetizó el juicio general: “Fue el cerebro más poderoso que haya producido la América".

SU PERTENENCIA MASÓNICA: Fue iniciado en la Logia Unión Fraternal de Valparaíso, Chile, el 31 de julio de 1854. Poco tiempo después fue  uno de los fundadores de la Logia Unión del Plata Nº 1, de la que fue su primer Orador (representante de la ley masónica). El 18 de abril de 1882 se afilió a la Respetable Logia Obediencia a la Ley Nº 13. Previamente, en 1860, había recibido el Grado 33, máximo de la organización masónica, junto a Justo José de Urquiza, Bartolomé Mitre, Santiago Derqui y Juan Andrés Gelly y Obes. El 12 de mayo de 1882 asumió como Gran Maestre de la Masonería Argentina, en fórmula electoral con Leandro N. Alem.