domingo, 19 de febrero de 2017

20 de febrero - Batalla de Salta

1813 – 20 de febrero – 2017
BATALLA DE SALTA
Manuel Belgrano - Pío Tristán

Tras la derrota de Huaqui, a orillas del Lago Titicaca, el 20 de junio de 1811,  Juan José Castelli es relevado de la Jefatura del Ejército del Norte por Manuel Belgrano, quien recibe instrucciones precisas del Triunvirato de Buenos Aires de retroceder con todas sus tropas hasta Córdoba. El 23 de agosto de 1812 inicia lo que dimos en llamar “Éxodo Jujeño”, táctica de tierra arrasada -anticipándose a la que usará ese mismo año el Zar Nicolás I frente a la invasión napoleónica-. A los vecinos de San Salvador de Jujuy se suman tarijeños y salteños.
El 3 de septiembre de 1812 la retaguardia del Ejército de Norte, al mando del mayor general Eustoquio Díaz Vélez, protegiendo la caravana de civiles que en carretas y de a pie transitaban hacia Córdoba,  se enfrentan a orillas del Río Piedras, en la actual Provincia de Salta, a la vanguardia del Ejército realista, obteniendo una victoria que levantaría la alicaída moral de los patriotas.
Llegados a San Miguel de Tucumán, autoridades y Pueblo reclaman a Belgrano la defensa de la Ciudad, ante la inminencia de la llegada del Ejército español al mando de Juan Pío Tristán. Eustoquio Díaz Vélez, Juan Ramón González Balcarce y Manuel Dorrego habrían sido decisivos en la desobediencia de Belgrano al Triunvirato. Bernardino Rivadavia lo increpaba para que bajara hasta Córdoba: “Así lo ordena y manda este Gobierno por última vez…..la falta de cumplimiento de ella le deberá a V.S. los mas graves cargos de responsabilidad”. Belgrano respondió: “Algo es preciso aventurar y ésta es la ocasión de hacerlo; voy a presentar batalla fuera del pueblo y en caso desgraciado me encerraré en la plaza hasta concluir con honor.”.
La lucha se desarrolló en las afueras de la Ciudad, en medio de un tremendo desorden,. Tras situaciones confusas, entre las que no faltó la intervención de un enjambre de langostas que oscurecieron por momentos la jornada, animando a los realistas a retirarse;  Belgrano, sin tener muy en claro la suerte de la Batalla –aunque varios de sus oficiales aseguraban la victoria-, reordenó sus hueste durante el resto de la tarde y ordenó la marcha hacia la ciudad.
Ya a últimas horas de la tarde Pío Tristán se dirige a la ciudad e intima la rendición a Díaz Vélez con la amenaza de incendiarla. Éste le responde que, en tal caso, degollaría a los prisioneros, entre los cuales figuran cuatro coroneles. Durante toda la noche permanece Tristán junto a la ciudad, sin atreverse a cumplir su amenaza. El 25 por la mañana el Jefe realista advierte que Belgrano, con alguna tropa, está a su retaguardia. Su situación es comprometida. Belgrano le intima a rendición “en nombre de la fraternidad americana”. Sin aceptarla y sin combatir, Tristán se retira lentamente esa misma noche por el camino de Salta.
Vicente Fidel López llamó a Tucumán “la más criolla de cuantas batallas se han dado en territorio argentino”. Faltó prudencia, previsión, disciplina, orden y no se supieron aprovechar las ventajas; pero en cambio hubo coraje, arrogancia, viveza, generosidad... y se ganó.
Durante cuatro meses Belgrano se dedicó a mejorar la disciplina de las tropas, proporcionarles instrucción y reclutar suficientes efectivos como para duplicar su número. El parque y artillería abandonados por Tristán le permitió organizarse con mucha mayor soltura. A comienzos de enero emprendió su vanguardia la marcha hacia Salta. El 13 de febrero, a orillas del río Pasaje, el ejército prestó juramento de lealtad a la a la bandera albiceleste y a la  Asamblea Constituyente que había comenzado a sesionar en Buenos Aires pocos días antes.
Entretanto, Pío Tristán había aprovechado la ocasión para fortificar el Portezuelo, el único acceso a la ciudad de Salta a través de la serranía desde el sudeste.
Pero el capitán Apolinario Saravia, natural de Salta, se ofreció a guiar el ejército patriota a través de una angosta senda de altura que desembocaba en la Quebrada de Chachapoyas. La lluvia, si bien dificultó, también amparó la marcha del Ejército patriota que avanzó por un terreno áspero, cargando artillería y pertrechos. El 18 de febrero de 1813 se apostaron en la Finca Castañares, propiedad de los Saravia. El capitán Apolinario Saravia, disfrazado de indígena arriero, llevó una recua de mulas cargadas de leña hasta la ciudad, y se informó de las posiciones tomadas por la tropa de Tristán, para poder comunicárselas a Belgrano.
El día 19 Belgrano posiciona sus tropas en la pampa de Castañares. Advertido de ello, Pío Tristán dispuso sus tropas para resistirlo; alineó una columna de fusileros sobre la ladera del cerro San Bernardo, reforzó su flanco izquierdo, y organizó las 10 piezas de artillería con que contaba.
En la mañana del 20 Belgrano ordenó la marcha del ejército en formación, disponiendo la infantería al centro, una columna de caballería en cada flanco y una nutrida reserva al mando de Manuel Dorrego. El primer choque fue favorable a los realistas, ya que el posicionamiento definido por Pío Tristan posibilitó controlar los ataques al tiempo que rechazaban los avances sobre el flanco derecho por la eficaz acción de los tiradores en el cerro.
Belgrano entonces cambió su táctica. Movilizó la reserva y ordenó a Martín Dorrego (que había reemplazado al segundo Jefe, Eustoquio Díaz Velez, por una herida recibida) atacar vigorosamente. Al frente de la caballería, condujo el propio Belgrano una avanzada sobre el cerco que rodeaba la ciudad, con la sorpresiva irrupción en el campo de batalla  de las guerrillas gauchas conducidas por doña Martina Silva de Gurruchaga. Atrapado entre dos fuegos Pío Tristán replegó sus fuerzas al interior de la ciudad y se dispuso a ofrecer una última resistencia en torno a la Plaza Mayor, pero no pudo organizar a sus tropas, que se negaron a defender las trincheras y corrieron a buscar refugio en la iglesia catedral. Finalmente, Tristán decidió capitular.
Belgrano tenía la firme idea de ganar la voluntad de los americanos que combatían en el bando español, por ello decidió no tomar prisioneros de guerra a los soldados realistas, siempre que los mismos juraran no volver a levantar las armas en contra de las Provincias Unidas del Río de la Plata –a algunos que volverá a tomar prisioneros más adelante los colgará por perjuros-, y reclamó que se entregaran los prisioneros patriotas que eran retenidos en el Alto Perú. Como gesto de respeto y amistad hacia Pío Tristán, Belgrano no aceptó el sable que éste le ofrecía, sino que lo abrazó; en un gesto que sería fuertemente recordado por la historia.

Manuel Belgrano, nacido en Buenos Aires, y Juan Pío Tristán en Arequipa, estudian ambos en la Universidad de Salamanca, donde anudan una buena amistad. Tristán, de regreso a América, recala en Buenos Aires, desempeñándose como ayudante del virrey del Río de la Plata, Pedro de Melo -desde 1795 a 1797-, cuando Belgrano se desempeñaba como Secretario Perpetuo del Consulado de Comercio.


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